Bueno, en principio este blog renace como requisito imprescindible para aprobar una asignatura de la carrera... así que poco puedo escribir aquí. No obstante, no es descartable que resucite el espíritu de este viejo Mundo Paranoico, un blog escrito por y para amigos, y vuelva a dar la murga en la blogosfera, ¿ quién sabe?Dedicado a todos mis niños, paradigmas de la inocencia.
Todos hemos oído alguna vez historias sobre curiosas casualidades o incluso premoniciones previas a grandes catástrofes, gente que a última hora decide no montar en tal o cual avión que a la postre acaba por estrellarse y sembrar de bonitos cadáveres el campo o el mar. Fruto de la casualidad o no, quién sabe cuantos infelices se han perdido un viaje para comprobar acto seguido como el resto de pasajeros llega a su destino sin ningún percance, en ocasiones hay coincidencias tan asombrosas y perturbadoras que no puede uno más que dejar escapar una media sonrisa y maravillarse por la sutileza con la que la historia deja guiños a quien la estudia. Es el caso del Titanic, de actualidad nuevamente por la muerte de la última superviviente norteamericana de la tragedia. Pocos sospechaban aquel mediodía del 10 de Abril de 1912 que aquella majestuosa nave que partía del puerto de Southhampton acabaría por convertirse en la moderna heredera de la torre de Babel, destruida por querer desafiar a Dios... o porque al tal Yahvé le dio la gana, ya que revisando el famoso episodio bíblico podemos entender que lo hizo solo por fastidiar al personal. Pero no desvariemos, el Titanic, obra maestra de la ingeniería de la época, fue un gigantesco trasatlántico de más de cuarenta y seis mil toneladas y doscientos sesenta y nueve metros de largo por casi veintinueve de ancho, con capacidad para más de tres mil pasajeros (aunque finalmente viajaran cerca de dos mil), la altura de un edificio de once pisos, tres motores con capacidad para poner el barco a una velocidad de 24 nudos y una estructura dividida en dieciséis compartimentos estancos que le permitía seguir a flote aún con cuatro de ellos inundados; un buque prácticamente inundible decían los expertos... chapeau por ellos. Hoy todos sabemos como acabó la aventura, la mayoría gracias a la algo empalagosa película de James Cameron, pero lo desconcertante del caso es que todo parecía estar escrito de antemano.
No piense el lector que nos vamos a poner a descifrar las cuartetas de Nostradamus, eso es trabajo para el Paranoid Times de la serie First Wave. En 1898, tan solo un año después de que Stoker publicara Drácula, el escritor norteamericano Morgan Robertson publicó una novela corta sobre un trasatlántico de doscientos sesenta y ocho metros de eslora, con cerca de dos mil pasajeros (y capacidad para tres mil), con tres motores capaces de impulsar las tres hélices del barco a 24 nudos y una cierta aureola de insumergible gracias a sus quince compartimentos estancos. El buque cubría el trayecto entre Inglaterra y los Estados Unidos con todo tipo de lujos, pero, casualidades de la vida, termina por hundirse tras chocar con un iceberg en las gélidas aguas del Atlántico Norte y miles de personas pierden la vida por no contar con el suficiente número de botes salvavidas, algo en apariencia sin importancia para un barco que no puede naufragar.
La novela, escrita catorce años antes del hundimiento del Titanic: Futility (Futilidad, en referencia al tema de los botes salvavidas). El nombre del barco imaginado por Morgan Robertson: Titán. Ironías de la vida, ¿no? .
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